Poesía, Narrativa y Ensayo 11 de septiembre, 2018

EL ARDILLA, PARTE 1

Cuento de Gustavo Contrera.

Don Sixto como todos los viernes, pasaba a buscar a su hijo el “Ardilla” Di Giacomo. Rondando los diez años, lo llevaba al campo del tío “Petiso”. Salía del colegio los viernes y se quedaba en el campo hasta el domingo.
 
Le encantaba esa rutina. Ni bien llegaba al campo, hacia un “paneo” ambiental. Quería saber qué había cambiado. Si el alero estaba apuntalado, si la chancha había parido, si vino el alambrador. Todo, pero todo quería saber. 
 
Una semana en el pueblo era mucho tiempo transcurrido. Mientras su padre charlaba con el tío, al “Ardilla” le alcanzaba para revisar e inventariar todas las novedades. Iba al corral de los chanchos, pasaba por la huerta, a lo lejos se divisaban las colmenas. Luego pasaba por el gallinero donde estaban las ponedoras. Mientras daba vuelta a la casa, trataba en vano de sacudirles una patada a los patos. De maldito nomás. El “Ardilla” apodo bien ganado, se debía a su rapidez para huir de las cagadas que hacía. Escurridizo, veloz y justiciero.
 
Al terminar de dar la vuelta al galpón, fue a buscar al “Colorado”. Ahí estaba atado al alambrado. Parecía que ese caballo lo reconocía, ya que habría los ojos como búho, y se ponía tenso ante su presencia. Vaya uno a saber que herejía le habrá hecho a ese pobre animal. No le sacaba la mirada de encima. Desconfiado, hasta recibir una caricia en la cabeza. Es que el “Ardilla” al llegar al campo del tío, estaba tan contento que la bondad le ganaba el carácter. A medida que iban pasando las horas, los animales ante su presencia, se empezaban a preocupar.
 
Se había olvidado de su único enemigo, el vil, malvado, traidor, acechador, egoísta, asesino, malhumorado, sagaz, e inteligente “Yet”, el gato más odiado de todo el universo. Siempre agazapado, mirando a medio ojo, por momentos inmóvil, petrificado, sin mover un solo músculo. Era su archienemigo, era quien lo desvelaba por las noches, era el “Guasón”, Lex Lutor, el lobo de Caperucita y Chupamiel juntos. Soñaba con ese gato maldito. Por las noches imaginaba miles de estrategias para poder cazarlo.
 
Nada funcionaba. Cansado de tirarle hondazos, trampas de alambre, pozos camuflados, carne podrida. Nada era eficaz, inventaba armas, tramperas, era para él, lo que el correcaminos era para el coyote.
 
Lo peor que ese gato ladino, hacía que su estadía en lo del “Petiso”, sea más breve, ya que le demandaba mucho tiempo la casería.
 
Un viernes llegado al campo, repite la rutina de siempre, luego que el tío pasa las novedades a su cuñado, Don Sixto saludó a su hijo y se retiró para el pueblo. - Venga m´hijo, vamos a tomar algo calentito y a probar la torta que mandó la Juana – dijo el tío.

CONTINUARÁ...
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