Poesía, Narrativa y Ensayo 23 de enero, 2019

WHISKY

Escribe: Gustavo Contrera (tercera parte).

El aplauso fue generalizado de clientes y empleados, menos el encargado que se escondía detrás de la caja. De pronto se le oyó decir ¡Una vuelta para los recitadores, paga la casa!
 
Y bueno ahí vamos por el quinto.
 
Caminando por Corrientes zigzagueando y abrazados, donde las palabras ya no salían. El agua de vida ha hecho honor a su nombre.
 
"Buscamos la felicidad, pero sin saber dónde, como los borrachos buscan su casa, sabiendo que tienen una", Voltaire.
 
Un día me despierto y resulta ser que cumplía sesenta años. Luego de dar algunas vueltas en la cama, sentí la sensación de que era otra persona, o mejor dicho dos. Una dentro de la otra. Parecía como si en las sábanas hubiese migas. Se estaba bien, pero incómodo. Nunca me había imaginado que al llegar a esta edad, se produciría un cambio tan mágico. Una de las partes era la de siempre, el de seguir proyectando, el de seguir generando cambios, el de mirar alrededor y ver que todo va bien, el de los chistes, el de las chiquilinadas, tirando migas de pan, poner el pie para que alguien tropiece, el de simular un golpe y todo aquello que pueda generar una sonrisa.
 
La otra parte es una muda, que cubre a la otra. La persona que empieza a ver distintos destinos. Que duda de hacer cosas por no tener ganas o tener miedos.
 
Todo lo nuevo por hacer tiene un parámetro final, un límite, una sensación finita. Todo se mide. Se mide de adelante hacia atrás. Que hay nuevos temas en la agenda de la vida, como la hipertensión, la glucosa, el colesterol, la memoria, la vista, el pito y la vagina, las rodillas y las caderas. La puta madre que cambio tremendo y solo se necesita cumplir sesenta. Pero ojo, la mente mantiene aquel espíritu espartano. A no entregarse nunca ni por nada. A tirar naranjas a los techos a la tres de la mañana, hacer dos largos por abajo del agua, a mear en la plaza, a pegarle un puntinazo a la pelota cuando cae a tu lado.
 
Nos sentamos en una mesa de afuera en El Escritorio. Es una noche de primavera hermosa. Veníamos de cenar con el grupo de Los Malandras y al salir del restaurant, les digo siendo la medianoche ¿quien viene a tomar algo para bajar la comida? Nos sentamos con el Chita y Carlitos (otro Carlos).
 
¿Qué van a tomar? -preguntó la moza- el Chita tomó un café y se fue.
 
Carlitos sin preguntarme, me dice ¡invito yo! y arrancó para el mostrador y apareció con dos vasos. El contenido parecía “miel del Monte Himeto”. Que aroma, que invasión al paladar. ¿Que marca es el whisky Carlitos? Ahhhhhh -contesta-.
 
Y festejando por esa noche maravillosa, le comenté del tema que hace muchos años tuve con nuestro amigo en común, Carlos. Le comento a Carlitos que hoy me siento en paz, principalmente conmigo. Recuerdo esa charla de los años setenta, con unos cuantos amarillos de por medio; adolescentes hablando de la felicidad. Carlitos saca un Marlboro -y me dice- que palabra tan ambigua y efímera. Quizás sea por ese motivo que se la desea, que se la busque.
 
Los dos primeros whisky se evaporaron, desaparecieron. Los dos siguientes nos relajaron tanto que nuestra amistad parecía una campana de cristal gigante donde nuestra mesa se encontraba en su interior. Deseaba que esta noche quede congelada en el tiempo.
 
Carlitos -le digo- con esos 19 años, viviendo esa efervescencia, política e intelectual. De cambios revolucionarios. De libertades y honores, de lindas mujeres y amigos incansables. De amaneceres en la laguna. De música, de formadores, de aventuras. La vivencia era un habano gigante y en cada pitada uno ingería vida, sentimientos, sabiduría, afectos, satisfacción, pelea, justicia, amor. Empachados de vida, queríamos saber que es la felicidad.
 
Quizás no nos dimos cuenta que esos momentos, eran en realidad lo que buscábamos. La teníamos ahí mismo. En esa charla, en esos whisky, en esa mesa de mármol. Sin darnos cuenta, estos momentos también tendrán un lugar en el alma en el futuro. No solo hemos mantenido un cariño como amigos por años, sino que además nuestros hijos también son amigos entre sí.
 
Como a esta edad, voy a perder eso. Hoy recordándolo me reconforta. Y quizás sea así. Nada parece tener la dimensión emocional en el momento del hecho. El tiempo lo madura y le da nobleza. Como el whisky mismo. Siendo la madrugada, y después de terminar el sexto, llamamos a la moza para pedir la cuenta y vimos como todo el personal se encontraba detrás del mostrador, mirándonos. Todas las sillas se encontraban, ya arriba de las mesas. Saludamos y luego de un abrazo eterno nos retiramos. Como en aquella época, tampoco hubo palabras.
 
La felicidad está dada por el pasado vivido. El recordar las muchas o pocas vivencias que han generado el bienestar del alma guardadas en la mente, da la dimensión de la felicidad de hoy. Esos hechos solo han sido en su momento, satisfacciones o alegrías. La verdadera plenitud la dará el futuro.
 
Un niño no está feliz sino contento. La felicidad es la bandera a cuadros, el título universitario, esa fábrica que empezó en un garaje. Recordar ese camino dará felicidad.
 
BUSCAR la felicidad es una idea dañina, antifilosófica y no apta para seres humanos. Es una idea que nos hace sentir fracasados, inútiles y sobre todo infelices. BUSCAR la felicidad es la mejor manera de arruinarse la vida.
 
Estamos tan preocupados por pasarla bien que la pasamos mal. La búsqueda de la felicidad es una idea persecutoria y lo único que logra es angustiarnos.
 
La recelosa claridad de la madrugada se dibujaba por las vidrieras del bar y la Av.
 
Corrientes sigue sin dormir; justo en ese momento límite entre la noche y el día, como una visión, al fondo del bar, otra mesa con parroquianos, otra mesa de whisky, rostros difusos, casi fantasmales o mágicos, donde un tal Pablo Neruda les recitaba “…algún día en cualquier parte, en cualquier lugar, indefectiblemente te encontrarás a ti mismo, y esa, solo esa, puede ser la más feliz o la más amarga de tus horas”; a lo que tras un sorbo a su whisky retrucaba “tú no encuentras la felicidad, ella llegará a ti en el momento preciso“, el sonriente y tranquilo John Bisner Ureña; para seguidamente ver a un ceremonioso Nathaniel Hawthorne pararse con su vaso en la mano y enunciar como una máxima “la felicidad es como una mariposa, que, cuando se la persigue, siempre está fuera de nuestro alcance, pero si te paras y te sientas en silencio, podría posarse encima de ti”; otro de ellos, vestido con raro traje al que llamaban Pitágoras propone otro brindis afirmando que “la felicidad consiste en poder unir el principio con el fin”; y él último de ese grupo de amigos, enarbolando su bastón y su whisky, el único porteño del grupo también, el fantasmal Jorge Luis Borges y su rara mirada confesando “ he cometido el peor de los pecados que un hombre puede cometer… No he sido feliz”.
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